Por: Miguel Angel Pedraza Vásquez – Psicólogo – Magíster en Educación Emocional y Convivencia Escolar
Como lo señalé hace algún tiempo mientras estábamos al aire en Conexión Guayacán, lo de Calama, lamentablemente, solo era el inicio de una ola de futuras amenazas que a la fecha no ha parado. Revisando los datos, solo en la región hay más de 60 denuncias por amenazas de tiroteos en fiscalía, además de unos cuantos detenidos. Y no es que sea Pedro Engel, Yolanda Sultana o Latife Soto, pero tengo bien merecido decir: YO LO DIJE ANTES DE QUE SUCEDIERA. ¿Y por qué? Porque mi formación y experiencia me permitieron mirar el futuro. No a través de cartas, oráculos ni bolas de cristal, sino simplemente scrolleando las redes sociales. Y hoy escribo esto con mi sentido arácnido activado. Creo que, lamentablemente, todo el caos causado por las amenazas hacia la seguridad de nuestros/as hijos/as ha cegado a gran parte de nuestra sociedad. Hoy, más que enfocarse en cómo los protegemos, se han vuelto entes sedientos de venganza; buscan culpables para poner en el cepo de las redes sociales y bombardearlos. Ya no con tomates o frutas podridas de la plaza pública, sino con funas, comentarios y ciberacoso. Descargan de esta manera su frustración, obteniendo esa sensación de calma y falsa seguridad que tiene un efecto opiáceo en una gran mayoría. Al leer el párrafo anterior, me doy cuenta de que, inconscientemente, estoy hablando nuevamente de la ya criticada “Ley Paracetamol”. Y es que este gobierno logró algo HIS-TÓ-RI-CO: que docentes y psicólogos/as nos pusiéramos de acuerdo en algo y juntos rechacemos la implementación de medidas tan absurdas como detectores de metales o revisión de mochilas. El otro día, en el WhatsApp de apoderados/as del curso de mi hija, incluso propusieron colocar cámaras en su sala. Lo peor es que la gran mayoría estuvo de acuerdo. Pero, lamentablemente para ellos/as, a mí me importa mi hija y por consiguiente, sus hijos/as. Me opuse a la medida y como basta con que un/a apoderado/a no esté de acuerdo para que no se pueda llevar a cabo, para el pesar de muchos/as, se canceló el “Reality Show”. Me parece tragicómico lo que sucede. Solo por el hecho de haber ido al colegio o a la universidad, mágicamente todos/as son expertos/as en educación. Cuando tienen problemas a la vista van al oftalmólogo y no cuestionan si deben usar lentes o la graduación de estos. Pero cuando se trata del proceso de enseñanza y el desarrollo del aprendizaje socioemocional, muchos padres y madres que, sin duda, pueden ser los mejores en sus áreas, se sienten con el derecho de imponer sus creencias erradas como verdades absolutas. Esto en psicología lo llamamos el 'Efecto Dunning-Kruger', que no es más que la falsa confianza que hace que las personas incompetentes en un tema crean saber más que los/as verdaderos/as expertos/as. Como cuando luego de algunas copas comienza el debate de por qué seríamos capaces de ganarle a un oso en una pelea a puño limpio. Pero ¿buscan proteger o castigar? Porque una cámara no forma, no educa, no abraza. Una cámara es un artefacto frío que entrega evidencia para ser utilizado como medio de prueba a la hora de apuntar con el dedo. Hoy roban bancos, casas, negocios y un sinfín de lugares que tienen cámaras y alarmas. Entonces, ¿es efectivo convertir las aulas y los colegios en cárceles repletas de detectores de metales y cámaras? La respuesta es muy simple y directa: NO. Si queremos que nuestros/as hijos/as crezcan felices, seguros/as de sí mismos/as y desarrollen su máximo potencial, la inversión no debe estar en el castigo, sino en la prevención. Y ¿cómo lo podemos hacer en casa? Te lo cuento este miércoles 22 de abril en Conexión Guayacán y quizás, en una próxima columna.